Tendría que estar durmiendo ya, pero hay mil cosas dando vueltas en mi cabeza. Estoy perdiendo el control y no es culpa de los niños. Sigo pensando que a veces los grandes estamos tan ocupados que no podemos ver con ojos de niño.
Estamos en pleno proceso de mudanza, pero en nuestro caso, si bien vamos a estar más cerca del jardín de los chicos y es un cambio positivo, los días son un caos.
Puedo asegurar que las mudanzas son muy estresantes y más cuando se alarga en el tiempo como la nuestra ya que nos mudamos a un lugar más pequeño y hay que optimizar todos los espacios antes de llevar las cosas y poner muebles nuevos, estantes, redes y demás cosas que no vienen al caso.
Lo cierto es que nuestra rutina diaria comienza en casa, me levanto temprano para coser cortinas o tejer alfombras y hacer trámites y a media mañana se levantan los peques. Al medio día vamos al colegio y cuando salen del colegio el papá los lleva al departamento nuevo mientras termina de arreglar cosas.
Sucede que en este ir y venir hay poco tiempo para compartir en familia, los chicos están caprichosos y demandantes (obviamente y no los culpo) pero mi umbral de tolerancia cada vez en más bajo y aunque empecemos la mañana cantando, a los besos y a los abrazos, en varios momentos del día todo estalla. Pelean entre ellos, me contestan cuando los reto, digo cosas que no quiero decir, amenazo con penitencias (cosa que no estoy acostumbrada a hacer) y grito. Y la verdad, son cosas que trato de evitar pero no puedo evitarlo todo el tiempo, porque además hay que seguir haciendo las tareas diarias e ir al trabajo y el tiempo no alcanza. No estoy pudiendo ir a yoga y ya ni puedo meditar en casa, no logro concentrarme y me molesta esta situación. Solo quiero que todo pase pronto para que todo vuelva a la normalidad.
Se preguntarán qué tiene que ver todo esto en mi blog de crianza y para mi tiene mucho que ver. Es el mejor ejemplo para darnos cuenta que cuando los grandes estamos nerviosos, ansiosos o perdiendo el rumbo, los niños están igual o peor porque por lo menos los grandes podemos comprender muchas cosas que los niños no. Los grandes, tal vez, ya pasamos por otras mudanzas pero ellos no recuerdan la anterior.
Está sucediendo que entre tanto caos no pueden disfrutar del juego, quieren armar cosas con bloques pero después no soportan que se desarmen y comienzan los llantos. Creo que es evidente que quieren que algo quede en su lugar y que de esa manera (arraigándose a un avión hecho con bloques) desean sentirse seguros en algún lado.
Me gustaría darles más seguridad pero cada día me siento el habitante solitario de algunos planetas que visitó El Principito.
Hay días que hago cuentas todo el tiempo, hay días que enciendo y apago luces, no me convertí en bebedora pero me ha ganado algunos días el cigarrillo.
Creo que en este viaje no estoy cuidando bien de mis rosas y sólo espero que todos dentro de muy poco, estallemos a carcajadas en nuestro nuevo asteroide B-612 y nuestras risas se escuchen hasta en La Tierra.
