Hace mucho tiempo que no escribo y por estos días ya estoy pensando que para la segunda mitad del año debería abandonar algunos compromisos pero no es fácil.De todos modos, en muchas oportunidades, sentí la necesidad de escribir un post como el de hoy.
Es muy frecuente, en alguna charla con otras madres, que me miren como insinuando que no soy “normal” o que simplemente estoy mintiendo porque una persona “normal” no puede dejar de perder los estribos alguna vez.
Sin hilar demasiado fino en las cuestiones de lo “normal” y lo “anormal” me pareció interesante hablar de estos temas y demostrar que “me equivoco todos los días”.
Estoy de acuerdo con que “todos perdemos los estribos alguna vez” sino no seríamos humanos pero no estoy de acuerdo en justificar y naturalizar este tema.
No estoy de acuerdo en buscar el consenso de varias madres más para convencernos de que es normal “dar un chirlo” a nuestros hijos porque estamos cansadas, estresadas, nadie nos comprende o simplemente los chicos son “terribles”.
No estoy de acuerdo en que nuestros hijos sean los depositarios de nuestras frustraciones y de todo lo que no pudimos o supimos hacer cuando teníamos el tiempo disponible.
Criar desde el respeto es sumamente difícil, y para que vean que no soy la mujer maravilla ni una loca que vende espejitos de colores, se me ocurrió hacer una lista de algunos de mis errores, los que voy descubriendo de a poco…
- Me cuesta no transmitirles mis miedos.
Por ejemplo, no soporto ir a la plaza. No es porque no me gusta que jueguen, sino porque me da miedo que se accidenten y me pongo súper cargosa.
No me molesta que se ensucien, que jueguen en la arena, que rompan la ropa. Me dan miedo las trepadoras y los árboles altos. Me empieza a doler el estómago y me convierto en la sombra de ellos.
Esto, sin tener en cuenta que más de una vez termino enojándome con las madres que se olvidan que tienen hijos cuando van a la plaza y los niños se olvidan que existe el respeto porque en realidad nunca aprendieron a esperar su turno.
Lo bueno es que mientras yo trato de lidiar con este miedo, a la plaza van con papá.
- Hasta hace poco, oficiaba de árbitro en las peleas, pero me di cuenta que no los ayudaba a resolver sus conflictos con el otro y que cuando el “agresor” era alguien distinto a su hermano, no tenían herramientas para defenderse. Intervenía antes de que se arme la discusión. Siempre fueron discusiones más que nada verbales porque nunca se han pegado hasta ahora pero protegerlos de esa manera no los ayudaba a crecer.
- Cuando estoy con mucho trabajo o preocupaciones, puedo contestar mal, con palabras “desmedidas”.
Lo positivo es que puedo pedir perdón y por lo general me doy cuenta pronto porque ellos también aprendieron a decir lo que les molesta.
Lo difícil en este punto, es lo que dije anteriormente: “no encerrarse en la justificación del enojo”, porque eso tampoco nos permite crecer.
- Amenazo. Cuando pido tres veces las cosas y no hay respuesta amenazo y hasta puedo levantar la voz!
A veces con cosas totalmente absurdas (que nunca haría) pero que generan el susto suficiente para que cambien de opinión.
Pero no es miedo lo que quiero obtener de mis hijos.
Sé que muchos pueden sentirse identificados.
Sobre todo esto y muchas cosas más trabajo todos los días. A veces me va mejor y otras peor. Pero la idea desde el inicio es eliminar la violencia en todas sus formas.
Con la violencia física no hubo ningún tipo de problema, todos aprendimos (de ser necesario) a usar las almohadas.
Con las palabras la lucha es cuerpo a cuerpo, siempre fui mal hablada y verborrágica pero hay que buscarle la vuelta.
Por cada mala palabra de mamá, una moneda más va a la alcancía de los nenes.
Estas son algunas de las cosas que considero que tengo que mejorar, algunas se aprenden más rápido que otras pero siempre hay algo que podemos cambiar, un NO que podemos transformar en un SI, un enojo que no era para tanto y puede transformarse en sonrisa.
Los chicos crecen muy rápido y si les prestamos atención ellos nos pueden enseñar o recordar todas esas cosas que alguna vez olvidamos.
A modo de cierre, va una anécdota de ayer.
- Estaba poniendo la mesa para cenar y uno de mis hijos jugaba a que era yo.
De repente escucho: - ¿Si les pongo Netflix veinte minutos paran de hablar?
Y se largan a reír a carcajadas.
Debo confesar que me reí pero también me quedé pensando en este post.
