Hoy gracias a una pregunta que leí en el grupo
de Facebook para familias múltiples, recordé lo que había pasado durante los
“terribles dos años”:
Generalmente no tengo registro de esas cosas
hasta que algo me los devuelve a la mente, por eso a veces lamento no haber
escrito algunas cosas antes!
Si bien en casa (por ahora) no hay maltrato
físico entre ellos (no se muerden , ni se tiran del pelo, ni se pegan) era muy
frecuente el llanto y griterío por tener lo que tiene “el otro” aunque haya
otro objeto igual.
Al principio siempre traté de manejarme con la
técnica de “distracción” que había leído en algún libro.
Si la disputa era aguerrida, proponía que
jugáramos los tres con algún otro objeto en cuestión que también les gustara y
guardábamos lo que generaba conflicto.
Cuando el Plan A no funcionaba, pasábamos al
Plan B. Mis hijos no conocieron las golosinas hasta el año y medio o más y creo
que gracias a eso el Plan B funcionaba.
Cuando no había manera de convencerlos con otro
juego/juguete a veces aparecían “mágicamente” dos caramelos o dos chocolatines
o algunas galletitas (según la hora del evento y la cercanía con las comidas
principales) y cuando veían la nueva propuesta dejaban de gritar y se ocupaban
de pelar el caramelo y comerlo. Para cuando habían terminado ya nadie recordaba
el motivo de pelea o yo sacaba del medio el juguete en cuestión.
En casa nunca damos golosinas como premio,
tampoco es algo que aparezca diariamente en nuestras vidas, pero tengo mi
cajita secreta y ellos también aprendieron que pueden comer poca cantidad por
todos los motivos que los adultos ya conocemos.
Pero llegó un momento, a medida que se hacían
más grandes, que tanto Plan A y Plan B no funcionaban, así que surgió Plan C.
Pusimos la inicial de cada uno de los niños en
cada uno de sus objetos sean estos iguales o diferentes y ante cualquier pelea,
les pedíamos que nos escucharan un segundo y le mostrábamos la letra. Si alguno tenía algo que no le
correspondía se daba cuenta al mirar la inicial del nombre y se lo daba al
hermano. También desde ese momento empezamos
a explicarles que las cosas se
pueden compartir más allá de la letra que tengan y que si uno quería que le
presten también tiene que prestar.
Ahora a los cuatro años, muchas cosas ya no tienen letra pero se los
escucha negociar y por suerte son pocas las peleas entre ellos.

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